viernes, 6 de marzo de 2020

No estáis solas



Muchos hombres son unos cerdos. Eso es así. Es una realidad con la que llevamos conviviendo mucho tiempo. El problema no es que solo sean unos cerdos, sino que además son unos violadores, unos maltratadores y unos asesinos.

Esta es una lucha con la que vosotras habéis tenido que lidiar durante toda vuestra existencia, y ahora, afortunadamente, la sociedad está despertando y viendo sus errores. La marea violeta avanza, limpiando a su paso las injusticias del machismo tradicional imperante. Nos hemos dado cuenta de que es una lacra social, un problema que nos afecta a todos. Y, a pesar de que vosotras sois las que tenéis más que decir, y debéis alzar la voz de una manera clara y contundente, os garantizo que no estáis solas en esta lucha.

Ha costado muchos años que la sociedad entienda lo que significa ser feminista. Es algo tan sencillo como defender la igualdad entre todos los géneros y en todos los ámbitos de la vida. En mi opinión, en 2020 cualquiera con dos dedos de frente debería considerarse feminista. De lo contrario, estás defendiendo un sistema podrido, injusto, sesgado y opresor.


Las injusticias han estado normalizadas en la sociedad muchísimo tiempo, y hasta que no llega un avance, la gente no es consciente de todas las barbaridades que han tenido que tragar. Me gustaría que las generaciones futuras cuando estudiasen esta época, se refirieran a ella con admiración, satisfechos de los avances que logramos; y no con desconcierto, preguntándose cómo pudimos consentir ese tipo de situaciones.


Mucha gente dirá que yo no tengo derecho a hablar de feminismo por mi condición de hombre cisgénero blanco heterosexual. Yo no he vivido en mis carnes lo que supone pertenecer a un colectivo ninguneado, pisoteado o marginado. Pero tengo mis convicciones y mis ideales. No soporto las injusticias y me enseñaron de pequeño a distinguir entre lo que está bien y lo que está mal. Tan simple como eso. La empatía me permite ponerme en la piel de todas esas mujeres oprimidas, del mismo modo que, sin tener hijos, puedo empatizar con una pareja que haya sentido el dolor de perder a un hijo.


Igualmente, no necesito ser un árbol para que me duela ver bosques quemarse, o no necesito ser un perro o un toro para sufrir con el maltrato animal. Es fácil no ver las injusticias cuando un sistema injusto te beneficia.


Además, tengo la suerte de tener a mi alrededor muchas mujeres fuertes a las que quiero, que me inspiran y que me empujan a desear un mundo mejor en el que puedan sentirse libres, realizadas y seguras; y a aportar mi granito de arena en esta lucha que, como digo, nos afecta a todos y a todas.

Por mi carácter y mi forma de ser, siempre me he entendido mejor con las mujeres, con quienes realmente podía abrirme y ser yo mismo. Las conversaciones con vosotras siempre han sido mucho más profundas, sinceras y enriquecedoras que la superficialidad con la que, en general, se tiende a hablar “entre tíos”. No me malinterpretéis, tengo un puñado de buenos amigos con los que también he podido compartir mis inquietudes y hablar con franqueza, pero suele ser más habitual encontrar la comprensión, la empatía y el consuelo en el colectivo femenino.

De hecho, diría que siento envidia de la unión que las mujeres tenéis entre vosotras. Esa conexión instantánea: la sororidad, esa palabra maravillosa que ha conseguido mover montañas. Entre los hombres no existe esa sensación de unidad ni de apoyo incondicional. En nuestros tiempos y en según qué ambientes, siguen burlándose de un hombre cada vez que muestra abiertamente sus sentimientos. En muchas y terribles ocasiones, yo, como hombre, no me siento representado por mi género.

El problema de estos hombres que impiden el avance de la sociedad, de estos cavernícolas sin neuronas, viene desde lejos. Es cierto que, en la vida adulta, y con su fuerza bruta, son capaces de cometer actos terribles. Pero son los mismos que ya desde pequeños se creían con derecho a burlarse de un niño porque llevara gafas o a ridiculizar a un alumno solo porque se supiera la lección. Por eso, la educación desde pequeños es tan importante. Para evitar que los abusones del colegio se conviertan en las bestias del mañana.

Lo triste es que, no contentos con eso, el machismo se ha ido abriendo paso en las posiciones más altas del poder y de los negocios, y costará mucho arrancarlo de raíz. Ahí tenemos los ejemplos de Harvey Weinstein y de Plácido Domingo, que, desde una situación de poder, intimidaban, acosaban y aterrorizaban a un montón de mujeres, convencidos de que su posición les brindaría inmunidad. Afortunadamente, el merecido escarnio público al que han sido sometidos disuadirá a más de uno con las mismas intenciones.


Odio cuando, después de destaparse algún caso de escándalo sexual, se culpabiliza a la víctima. Ni la ropa, ni la actitud, ni nada justifican que un hombre agreda sexualmente a una mujer. Es algo que no me entra en la cabeza.

Hay muchas cosas que debemos cambiar, y estoy convencido de que, con la ayuda de todos, el cambio llegará tarde o temprano, como los dichosos techos de cristal, la equiparación de los salarios, la seguridad femenina en las calles, el machismo en el sistema judicial, miles de micromachismos existentes o las retrógradas medidas que toman los partidos absolutistas. Muchos se amparan en la tradición. Defienden que hay cosas que se han hecho así durante años, y las tradiciones son sagradas. Pero, amigos míos, si algo nos ha enseñado la historia es que hay determinadas tradiciones que hay que erradicar. Debemos adaptarnos al signo de nuestros tiempos, o de lo contrario seguiríamos viviendo en cuevas.

Sigamos luchando. No estáis solas.



jueves, 5 de marzo de 2020

En Abril ya es primavera

Han pasado ya tres años desde que conocí a Abril, y no ha salido de mi cabeza desde entonces.

Aquel día, yo estaba caminando nervioso por los pasillos del hospital. Mi mujer estaba dando a luz. Éramos padres primerizos y, a los 28 años, uno nunca está del todo seguro sobre si estará a la altura ante las sorpresas que te presenta la vida. Tampoco habíamos querido saber el sexo del bebé para que todo fuera más especial.

En cuanto ella se puso de parto, me sacaron de allí para que no incordiara, y estuve una hora y media caminando agitadamente por las distintas plantas y pasillos del hospital, consciente de que mi vida estaba a punto de cambiar por completo en cuanto me convirtiera en padre. Decidí calmarme un poco y me senté en la primera hilera de sillas que vi. Estaba tan ensimismado que no sabía ni en qué sala estaba, hasta que una dulce voz me sacó de mis pensamientos:

― ¡Calixto, estás aquí!

Ahí estaba Abril. En cuanto la vi, se me encogió el corazón. Lo primero que distinguí fue un pañuelo rosa con flores blancas que cubría su cabecita calva. Bajo el pañuelo, una niña sonriente de unos ocho años me miraba con curiosidad a través de sus ojos marrones sin cejas.

― Perdona, ¿cómo dices? ―le dediqué una torpe sonrisa.

Ella señaló con su delgadísimo bracito un koala de peluche que había junto a mí.

― Te has sentado con Calixto. Le encanta hacer nuevos amigos.

Sonreí y me dirigí al koala con voz infantil:

― Hola, Calixto. Seguro que eres un koala muy “lixto”.

Era una broma muy tonta, pero ella se rio. Y lo hizo con la carcajada más pura e inocente que he escuchado nunca.

― Eres gracioso. Yo me llamo Abril ―dijo señalando el nombre que había cosido en su bata― ¿Por qué estabas triste?

Los niños siempre son muy directos. Su curiosidad no tiene límites y cuando superan la vergüenza, pueden preguntar cualquier cosa, aunque se metan en asuntos delicados. Aunque claro, yo no podía dejar de pensar en lo delicada que debía de ser la situación de la pequeña Abril. Me costó trabajo recordar la respuesta a la pregunta que me había formulado.

― Pues verás, Abril ―comencé―, mi mujer va a tener un bebé, y yo estoy muy nervioso porque no sé si voy a ser un buen papá.

A ella se le iluminaron los ojos cuando dije la palabra “bebé”

― ¡Qué buena noticia! ¡Seguro que sí! ―exclamó entusiasmada―. Además, tienes que estar contento, porque así tu bebé también lo estará. A mí me hace muy feliz que mis papás estén contentos, y si ellos están tristes, yo me pongo más triste y entonces creen que me curaré más despacio. ¡Y yo quiero ponerme buena!

Un nudo en mi garganta amenazaba con dejarme sin voz, pero conseguí soltar algunas palabras con un hilillo:

― Seguro que te curas muy pronto y podrás volver a casa con tus papás. Pareces una chica muy fuerte, Abril.

― Soy fuerte ―dijo orgullosa y animada―. La doctora Anabel dice que le estoy ganando la partida a la leucemia.

Entonces no pude contenerlo, y comencé a llorar. Ningún niño a una edad tan temprana debería conocer el significado de la palabra “leucemia”, y mucho menos, debería estar tan acostumbrado a pronunciarla. Me imaginé todas las pruebas a las que se había sometido la pequeña, a todo el dolor y a los sacrificios, y lloré como un niño pequeño.

Entonces sentí su manita en mi rodilla. La miré y ella me devolvió una mirada cargada de determinación con una fortaleza que jamás habría pensado encontrar en una niña tan pequeña.

― ¡No llores, tonto! ¡Si tu bebé te ve llorar, entonces él llorará más y la mamá tendrá que cuidar de los dos!

La enfermedad nos vuelve sabios. Jamás en mi vida me costó más esfuerzo esbozar una sonrisa, pero creo que lo hice de una manera más que digna, mientras me enjugaba las lágrimas:

― Cuéntame, Abril, ¿estás contenta aquí? ¿Tienes muchos amiguitos?

― ¡Sí! Y lo mejor es cuando nos traen perritos al hospital. Mi favorito es uno pequeñito y blanco que es muy simpático. Yo lo llamo Coco y él viene conmigo siempre. Solo los traen un día a la semana, y eso es un rollo. Pero mi mamá dice que cuando volvamos a casa, podremos tener a nuestro propio Coco.

Hablaba tan entusiasmada que me hizo reír a mí también. Me contaba lo mucho que le gustaban los animales, y que de mayor quería ser veterinaria, para poder cuidarlos a todos y para tener muchos en su casa.

Yo no podía dejar de pensar que aquella niña era una luchadora, y que había tenido que sufrir por problemas que los demás niños no podían siquiera concebir. Enfrentándose a la muerte y dispuesta a vencer a toda costa. La salud, al igual que la libertad, es una de esas cosas que solo valoramos cuando nos la arrebatan. Aquella pequeña era más inspiradora para mí y suponía un mayor ejemplo que cualquiera de los muchos libros de autoayuda que llenaban mis estanterías.

En ese momento, llegó mi hermano, sofocado y apurado:

― ¡Ah, estás aquí! ¡Acabas de ser padre! ¡Corre, ven a conocer a tu hija!

Mi hija… Así que era una niña. Todavía no podía creerlo. Miré a Abril para despedirme de ella:

― Bueno, pues parece que la pequeña ya está en el mundo. Voy a ir a conocerla ―le dediqué una sonrisa―. Prométeme que te vas a curar, ¿vale?

― Eso está chupado ―dijo, esbozando una sonrisa distraída, y siguió jugando con Calixto, con una inocencia natural que ni siquiera aquella terrible enfermedad había logrado arrebatarle.

Me despedí de ella y seguí a mi hermano hasta la habitación donde estaba mi encantadora y exhausta mujer, con nuestra pequeña en sus brazos.

― Cariño ―le dije― ¿qué te parece si la llamamos Abril?

viernes, 25 de octubre de 2019

Jeremy Irons no es quien crees en Watchmen

[Este post incluye SPOILERS de la serie y de la novela gráfica]


La serie Watchmen ya ha desatado todo tipo de teorías con sólo un episodio emitido (en el momento de escribir este texto). Está llamada a ser la sucesora moral de Juego de Tronos y es una de las grandes apuestas de HBO para esta temporada, junto con La materia oscura.

Es cierto que el material original del que partía, la novela gráfica de Alan Moore y Dave Gibbons, tenía (y sigue teniendo) una calidad incuestionable, pero eso no desmerece el nivel de la nueva ficción de Damon Lindelof, cuya trayectoria está dejando más amantes que detractores.

Una de las grandes incógnitas que ha sembrado la serie es la identidad del personaje que interpreta Jeremy Irons. Todas las pistas parecen apuntar a que se trata de Adrian Veidt, también conocido como Ozymandias, un personaje de gran peso durante la trama original. Sin embargo, creo que es un falso señuelo.


En mi opinión, el personaje al que da vida Jeremy Irons no es otro que el Doctor Manhattan. 

Puede parecer una locura, pero tengo varios argumentos que respaldan esta teoría, y creo que los showrunners han estado jugando con nosotros dejando pistas falsas para que pensáramos en Veidt y distraernos de la verdadera identidad del viejo. Todo un cuidado y orquestado juego de espejos. Expongo las razones a continuación.

Veidt ha muerto
Esta es la más evidente. Una frase que utilizaron como reclamo en los primeros tráilers y que nos han revelado ya en el primer episodio:"Adrian Veidt ha sido declarado oficialmente muerto". Es el hombre más inteligente del mundo, sí. Pero no es inmortal.

Han pasado 34 años desde los hechos acontecidos en la novela gráfica, y mil razones han podido acabar con su vida. Lo que todos sospechamos al leer estas palabras es que se trataba de un truco. Otra mentira para engañar a la unión pública, como ya hizo en 1985. Pero en esta ocasión, el periódico podría decir la verdad y mostrándola en el primerísimo episodio, jugando con nosotros y nuestra querencia al complot y a la conspiración. Recordemos la navaja de Ockham, amigos: En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable. Ergo, Adrian Veidt está muerto y no aparecerá en la serie. 

Un hombre desnudo
En una de las primeras escenas en las que nos presentan al personaje, lo vemos totalmente en cueros escribiendo a máquina, como si la desnudez no le provocase ningún tipo de pudor ni tuviera ninguna importancia. Está por encima de eso, como cierto personaje azul ya nos ha demostrado en la novela gráfica.

Además, recordemos que el doctor Manhattan puede cambiar su aspecto a voluntad, como cuando alteró la tonalidad de su azul al mostrarse en televisión. El verle aquí como un anciano puede significar dos cosas: Por una parte, ha envejecido, aunque a un ritmo más pausado que los humanos. Por otra, puede indicar que ha decidido adoptar ese aspecto concreto sin que signifique un envejecimiento en sus células, al igual que podría transformarse en una mujer afroamericana o en un bebé sonrosado.

El hijo del relojero
Al final de la escena revela que ha estado trabajando en una obra, llamada 'El hijo del relojero'. Se trata de una pista más sobre su verdadera identidad. Nadie mejor que él conoce su pasado y sus raíces, y quizá en esa obra narre la historia de su juventud y cómo sufrió el accidente con los campos electromagnéticos. Además, asigna dos papeles principales a sus sirvientes. ¿Interpretarán, quizás, a Janey Slater y Wally Weaver?



Un servicio inquietante

En un primer vistazo, todos nos dimos cuenta de que a esos sirvientes les faltaba un hervor. Ya fuera por las extrañas miradas y la inquietante sonrisa de ella, o por el detalle de que él le proporciona una herradura para cortar la tarta.
 

Sin embargo, ¿no os acordáis de cuáles fueron las últimas palabras que el Doctor Manhattan le dijo a Ozymandias antes de abandonar la Tierra?


Exacto. Dijo que había vuelto a ganar interés por la vida humana, justo antes de anunciar que iba a visitar otras galaxias y que quizás crease vida. Aquí tenemos el resultado. Criaturas creadas por el Doctor Manhattan a las que todavía les faltan unos retoques...

Posición de meditación
Es cierto que esta escena no ha ocurrido todavía, y la he cogido de uno de los tráilers, pero atentos a esta pose.


Una pose de meditación nada casual, y que recuerda inevitablemente a aquella que adoptó el otrora Jon Osterman en el planeta rojo, justo antes de construir su palacio de cristal.



Castillo en Marte
Finalmente, el argumento definitivo: El único momento del episodio en el que nos muestran sin duda al Doctor Manhattan, se encuentra en Marte, construyendo un castillo de arena, que, pocos segundos después, destruye. Atentos al detalle.


¿No os recuerda precisamente al castillo que nos muestran más adelante y donde vive con su servicio?



Creo que, después de estos argumentos, también vosotros habréis visto que tiene mucho sentido esta teoría. Es cierto que en el portal IMdB aparece que Jeremy Irons interpreta a Adrian Veidt/Ozymandias, pero no hay nada confirmado, y me parece que el portal de Internet lo ha dado por hecho, al igual que todos nosotros.
Por algo en el capítulo se han cubierto las espaldas no pronunciando en ningún momento el nombre del personaje.

Espero que este post os haya ayudado a abrir los ojos y a prestar atención a esos detalles, algunos pequeños y otros no tanto.

¿Qué pensáis vosotros? ¿Tenéis otra idea? Dejádmelo en los comentarios.


Recordad que también podéis seguirme en mi canal de YouTube, donde iré subiendo un vídeo semanal analizando lo ocurrido en cada episodio. Aquí os dejo el enlace al primero.


lunes, 21 de octubre de 2019

Una secta socialmente aceptada

Soy un extraño. Es así. Lo pienso siempre que me encuentro entre un grupo de gente de mi generación en algún ambiente festivo. ¿Por qué?, te preguntarás, querido lector. Muy sencillo: Porque no bebo alcohol.

Desde la más tierna adolescencia en la que los jovencitos y jovencitas comienzan a divertirse agrupándose y sin la presencia de sus padres, he notado esa anomalía en mí. Y sí, desgraciadamente, se trata de una anomalía que comparto con un porcentaje ínfimo de la población. La voluntariedad de esta decisión no quita lo anómalo. Sin embargo, la suerte me ha sonreído brindándome un grupo de amigos con los que comparto esta negación hacia las bebidas espirituosas.


Con los años, casi he ido adoptando el papel de un estudioso. El de un científico que observa el comportamiento humano en situaciones de celebración. No miento: Durante años me he sentido como un agente infiltrado dentro de los círculos de personas con los que, supuestamente, debía encajar.

Lo más gracioso de este procedimiento es observar las reacciones de aquellos que descubren por primera vez mi decisión. Su gesto va de la sorpresa a la incomprensión, y tratan de buscar un motivo médico, físico o genético que justifique mi decisión. Al no encontrarlo, la mayoría se proponen (con buena fe, imagino) emborracharme. "Pues conmigo vas a probar esto", "seguro que si insistes te gusta" o "eso es que todavía no has encontrado el alcohol ideal para ti".

Hay que entenderlos, claro. Su razonamiento es sencillo: ¿Por qué iba a renunciar nadie voluntariamente a la ingesta de alcohol?

Te desinhibe, te ayuda a socializar, convierte cada noche en algo más intenso, te vuelve más divertido... Esos son sus argumentos. Por lo que entiendo, no toman el alcohol como un fin en sí mismo, sino como un medio para hacer el momento más memorable.

Pues tengo una noticia para todos ellos: Yo no lo necesito. Tengo la suficiente capacidad y confianza en mí mismo como para poder ser divertido, hablador, elocuente o lo que yo elija siendo abstemio. Puedo bailar, cantar, reírme y pasarlo bien del mismo modo que todos los demás. Con el plus de que tengo el control absoluto sobre mi cuerpo, mis impulsos y mis recuerdos.

Porque, admitámoslo, es bastante triste que se hable en la edad adulta de lo que vomitaste el pasado sábado como si fuera algo habitual.

Otro de los argumentos estrella es "desde fuera no se ve igual". ¡Ah, ahora lo entiendo! Es como una secta. Un club donde debes renunciar a tu personalidad para formar parte de él. Si estás dentro, todo cambia. Por lo visto, perder la dignidad es algo divertido si lo haces en compañía de otros. Dejas de ser consciente de pronto de la imagen tan lamentable que muestras. 

Por eso, cuando estoy de noche con algún grupo en una celebración de cualquier tipo, intento disfrutar de mis acompañantes todo lo que puedo y con cierta urgencia, antes de que, poco a poco, vayan transformándose y perdiendo la cabeza. Es bastante evidente cómo se les nubla el juicio y cómo tratan de disimularlo torpemente. Pero no pueden ocultar esa mirada perdida, esas bocas entreabiertas e imposibles de cerrar que, como un niño de teta, buscan constantemente el jugo que los mantiene vivos. Agarran torpemente el vaso que, en muchas ocasiones, acaba estrellándose contra el sueño y haciéndose añicos. Intentas relacionarte con ellos pero sabes que no eres uno de los suyos. El alcohol, cuanto más los une entre ellos, más los separa de ti.

Y no hablemos de los rasgos más oscuros de la personalidad que saca el alcohol: las inseguridades, los celos, la agresividad, la depresión...

No es sano. Tampoco divertido, al contrario de lo que muchos defienden. Por eso, desde mi humilde punto de vista me pregunto quién en su sano juicio elige eso como medio de diversión semanal habitual.

Por otro lado, no hay nada más infame que las discotecas. Sitios ruidosos con música machacona y sin ningún tipo de estímulo intelectual que incita a los que la escuchan a aparearse como mandriles. Todos sabemos que hablar en una discoteca es absolutamente imposible y todos los elementos dentro del local están pensados para que dejes tu lado más racional en la puerta.

Además, no olvidemos la precariedad que impera en todos los trabajos. Los jóvenes vamos a tardar muchos más años que nuestros padres en lograr la estabilidad económica que consiguieron ellos cuando tenían nuestra edad. Por ello, se me ocurren mil sitios donde gastar el poco dinero que tenemos (o no gastarlo) antes que invertirlo en las caras entradas al local de moda o en el elevado precio del cóctel del momento.

Vivimos en una sociedad en la que soy yo el bicho raro si decido pedirme una botella de agua o un refresco en lugar de una bebida alcohólica. Una sociedad en la que no puedo pedir lo que me apetezca sin que mis motivos sean cuestionados o sin generar por lo menos una mirada de extrañeza.

Afortunadamente, sé que no estoy solo. Sé que hay más gente como yo que ni encajamos en los cánones de diversión actual, ni falta que nos hace. ¡Abstemios del mundo, uníos!

Porque sabemos que, objetivamente, es mucho mejor estar en un local tranquilo, hablando, divirtiéndonos y nutriéndonos con una buena conversación que nos enriquezca, que en una discoteca aburriéndonos como ostras. O quizá en alguna reunión en casa, jugando a distintos juegos en grupo, o haciendo cualquier otra cosa para disfrutar de la compañía de tus amigos en perfecto control de tus facultades físicas y mentales.

Con el tiempo, nuestras amistades irán madurando y relajando sus hábitos. Hasta entonces, seguiremos siendo esa aldea irreductible de galos, esa resistencia, ese grupo de insurrectos que nos negamos a bailar el son de la música que la sociedad se empeña en tocar.


RELATO BASADO EN UNA IMAGEN (I)


LA AMARGURA DE UN CAFÉ

Aquel lunes, Amelia decidió entrar en su cafetería favorita. Era la primera vez que iba desde la ruptura, y reflexionando, cayó en la cuenta de que nunca lo había hecho sola. Se sentó en el cómodo sillón que había libre, dispuesta a disfrutar de una humeante taza de aquel delicioso chocolate. Fuera llovía de una manera violenta. Siempre le había gustado ver la lluvia desde la calidez de un interior, y aquella cristalera era perfecta. Aquello la hizo sentir a salvo... Hasta que escuchó su voz. Sam estaba allí, en el mismo local. Se giró con disimulo. Tan solo unas mesas por detrás, y había ido con otra persona. Parecían felices... Amelia no podía creerse que hubieran coincidido en el mismo sitio. Era cierto que Sam fue quien se lo enseñó por primera vez, y ahí fue donde se habían enamorado. Amelia comprendió dolorosamente que su momento había pasado y que ahora no había nada que pudiera hacer. Había sido un año duro, intentado evitar los dolorosos recuerdos relacionados con Sam: Los largos paseos en el parque, su particular manera de hacer papiroflexia con las servilletas, los cálidos besos bajo la lluvia... Amelia tuvo que enjugarse una lágrima y comprendió que debía salir de allí. Tras pagar la cuenta, se aproximó a la puerta. Antes de entregarse a la incesante lluvia, que disimularía sus lágrimas, se giró y la miró por última vez, deseando que aquel chico sonriente supiera darle lo que ella no había sabido. Cerró los ojos y, antes de perderse en la oscuridad de aquella noche de febrero, musitó: "Te querré siempre, Samantha".

martes, 9 de mayo de 2017

[CRÍTICA] 'Your Name.': Una filigrana inesperada

Uno de los grandes placeres secretos de la vida es ir solo al cine. Y digo secretos porque no todo el mundo se atreve a probarlo. La sensación de centrarte únicamente en disfrutar de la historia que te muestran, sin distracciones, sin adornos, sin ruidos… Y poder pasarte todo el camino de vuelta a casa únicamente pensando en la película que acabas de ver, repasando escenas y desentrañando todo lo que te ha aportado es algo impagable, y más aún si la película es buena.

Eso es precisamente lo que me ha pasado hoy con ‘Your Name.’, una película que te invita a dejar tu lado más racional en la puerta del cine para poder soñar sin límites.



Siempre me ha fascinado la animación japonesa, tanto en pequeña y gran pantalla como en el papel, y admiro la sensibilidad que tienen los nipones para plasmar detalles tan bellos de la vida cotidiana, como los rayos de luz que se cuelan entre los árboles, las gotas del rocío o el viento moviendo las briznas de hierba.

Debo reconocer que ‘Your name.’ es la primera película del director Makoto Shinkai que veo, a quien se le ha bautizado como “el Hayao Miyazaki de la nueva generación”. A pesar de no haber visto el resto de sus trabajos, es fácil entender por qué. Esta historia me ha maravillado por ser una película sensible pero sin llegar a ingenua, entrañable pero sin olvidar la amargura; y divertida pero siendo profunda. Me ha hecho conectar de una manera muy íntima con los personajes y me ha hecho sufrir con sus giros de guion.



Sabe plasmar con una naturalidad asombrosa distintas situaciones: desde la ajetreada vida de una urbe como Tokio hasta el ritmo apacible y ralentizado de un pequeño pueblo rural, acompañándonos en un laberinto de emociones del que no queremos salir.

Es una película visualmente hermosa y emocionalmente muy poderosa, que será sin duda la delicia de todos aquellos a los que, como yo, les encante que los sorprendan en el cine y poder vivir intensamente cada historia. Hacía tiempo que una película no me cautivaba de esa manera. Un consejo: Si queréis verla, hacedlo sin saber nada del argumento. No os defraudará.

Yo, por mi parte, pienso volver a ver esta delicia, que cuenta con un guion tan bien entrelazado, hilado y elaborado como las cuerdas trenzadas que tanta importancia tienen en el filme.


Puntuación: 9/10 

jueves, 6 de agosto de 2015

Adiós, Reinita

Mi querida Reinita:

Te fuiste hace casi ya una semana, con el mes de julio: la misma noche en la que brillaba el cielo la llamada Luna Azul que a partir de ahora siempre me hará pensar en ti.

Aunque me consuela saber que te fuiste de manera natural, y sin dolor, supusiste tal cambio en la vida de la familia Gallego Alberca, que a todos nos sigue doliendo que ya no estés con nosotros.

Aún recuerdo la primera vez que te vi: Era la Nochebuena del año 2000, yo contaba con 7 años de edad y mi hermana Laura con 4. Bajo el árbol, "Papá Noel" nos había dejado una pequeña caseta de perro con la puerta orientada hacia arriba. Cuando me acerqué para asomarme vi el cachorrito de Yorkshire más bonito que jamás había visto en mi corta vida. Acompañando a ese cachorrito, había una nota, en la que se nos explicaba a mi hermana y a mí que se trataba de una perrita llamada Reina y que había nacido un mes y medio atrás.

Desde el primer momento fuiste una perrita muy querida, siguiéndonos a todas partes, jugando con cualquier cosa, mordisqueando la correa, y cómo no, cabalgando tu querido peluche blanco.

A medida que fuiste creciendo te convertías en la mamá de la familia, preocupada de que todos estuviésemos bien, controlándonos con tu atenta mirada y visiblemente intranquila si no nos veías juntos, igual que un pastor controlando su rebaño. Has cuidado de nosotros siempre y nos has dado el amor más fiel, sincero y desinteresado que solo un perro sabe dar.

Llenaste nuestro hogar de alegría, saliendo a recibirnos animada cada vez que volvíamos a casa y mirándonos fijamente apenada cada vez que nos marchábamos sin ti. Tenías una mirada tan sincera y profunda que todos coincidíamos en que era casi humana.

Desde bien pequeñita lo dabas todo por nosotros, arriesgando incluso tu integridad física, como aquella vez en la que papá se metió en las aguas congeladas de Riomundo y tú, sin pensártelo dos veces, te zambulliste tras él en su rescate.

Nunca olvidaré cómo pasabas momentos con mamá, bailando con ella cada vez que limpiaba la casa con música animada o con Laura, cuando ella te hablaba y tú respondías con aullidos.

También recuerdo cuando era pequeño y volvía del colegio, las veces que la abuela se quedaba en casa, cómo no te separabas de ella, creando un vínculo de conexión entre las dos, que a mí me gustaba apreciar. Seguramente ahora estaréis juntas, y no sufro porque sé que no estás sola.

Poco después te hiciste mamá, con dos camadas de cachorritos adorables y juguetones, de los que terminamos adoptando al pequeño Milú, que ha vivido a tu lado y al nuestro desde el año 2005. Es increíble cómo has dejado tu huella en esos pequeños, y estos días he podido apreciar rasgos tuyos en Hannah y Milú, y cómo tu estirpe continuará con ellos y sus hermanos, aunque ninguno tiene esa mirada tan intensa que tú lucías con tanto orgullo.

Con Milú dejaste de ser la única perrita de la casa, pero eso no te hizo ser menos activa o cariñosa, sino todo lo contrario. Tu instinto maternal me sorprendió desde el momento mismo en el que diste a luz las dos veces, en las que esperaste a papá para que te ayudara en esos momentos tan importantes para ti, al igual que hiciste en tu último día.

Siempre has sido una perrita muy muy lista. No hubo casi que educarte y mirabas fijamente cuando te hablábamos. Nunca olvidaré los momentos que he pasado contigo, pequeña:
Cómo venías a consolarme cuando me veías triste, acercando tu cabecita a mi mano para que te acariciase; cómo dormías conmigo en la cama casi todas las noches, aunque no me dejasen subirte; cómo me esperabas en la puerta de mi habitación, tumbada durante días cada vez que me iba a Madrid y cómo me hacías ser la mejor persona que sabía solo porque me estabas mirando con tanto amor.

Nunca podré superar tu pérdida, cosita, pero tendré que aprender a vivir con ello, al igual que todos los miembros de la familia, que te hemos querido y te seguimos queriendo muchísimo.

Has sido la mejor perra que hemos podido desear y por eso nos duele tanto tu recuerdo, porque sabemos que es irreemplazable al haber formado de una parte tan tan importante de nuestras vidas.

Sé que nos esperarás incansable, dondequiera que estés, hasta que vayamos a reunirnos contigo, porque tú eres así: fiel, buena, muy cariñosa y sobre todo familiar, aunque ya no estés en este mundo.

Supongo que el amor y la muerte nos convierten a todos un poco en filósofos y tú, Reinita, me has inspirado tantísimo en esta vida que es difícil creer que ya no estarás nunca más aquí.

Ahora todos en la familia estamos pensando muchísimo en ti, deseando haber pasado más tiempo contigo, o haber aprovechado más las horas juntos, pero nos sentimos felices y orgullosos de la vida que has tenido, porque has superado con creces la expectativa media de vida en un Yorkshire de tu tamaño. El haber vivido catorce años, ocho meses y veinticinco días nos sugiere que has vivido una vida feliz, larga y muy completa. Y me consuela muchisimo el hecho de saber que moriste en brazos de mamá y papá, sintiéndote arropada, querida y acompañada.

Muchísimas gracias por todo lo que hemos vivido juntos, Reinita. Jamás podré olvidarte. Ninguno de nosotros podrá: Tus patitas cortas, tu figura redondita, tus enmarañados bigotes y tu pelaje negro y anaranjado, pero en especial, si hay algo que recordaré mientras viva es esa mirada tan intensa con la que nos dabas a entender que nos entendías sin necesidad de decir una sola palabra.

Hasta que volvamos a vernos, cosita.

Te quieren,

Milú, Dani, Laura, Rafa y Marisol.