lunes, 11 de mayo de 2020

Adiós, Milusín.

Lo malo de las decisiones es que solo las tomas una vez. No puedes arrepentirte, no puedes volver atrás y una vez que escoges un camino, debes vivir para siempre aceptando sus consecuencias.

Eso es lo que me pasó a mí el 13 de marzo, cuando se decretó el estado de alarma en España. Muchos huyeron de Madrid, contribuyendo con ese gesto a propagar el virus que debía mantenernos confinados, si decidíamos actuar con sensatez, responsabilidad y solidaridad.

Yo, como alicantino residente en Madrid, tuve muchas dudas durante ese 13 de marzo: ¿Debía volver a casa para estar con mi familia? ¿O debía quedarme en Madrid para no contribuir a extender este virus del que tan poco sabíamos? Al final, opté por lo segundo, y mi lado más pasional y familiar todavía no me ha perdonado esa decisión.

Hoy es 11 de mayo, y ya hace un mes que mi perrito Milú nos dejó. Fue el 11 de abril, y yo solo pude ser partícipe a través de las noticias que recibía de mi madre vía teléfono móvil.


Ha sido un mes en el que he sufrido este dolor de pérdida, este duelo por haber perdido a mi mejor amigo y por no haber estado allí, acompañándole en sus últimos meses.

Un mes en el que me he guardado ese dolor para mí y no he querido escribirlo porque, total, ¿a quién le importa? Quizás algunos le quiten importancia o me llamen desconsiderado. ¿Cómo puedo ser tan egoísta de sufrir por perder a una mascota cuando hay gente que no ha podido despedirse de algún familiar cercano que le ha arrebatado esta terrible pandemia que estamos viviendo?

Pues a esas personas les diría que el dolor no entiende de equilibrios, ni de perspectivas. No es comparable, ni opcional.

Es cierto que tengo 26 años y que todavía me quedan muchas cosas por vivir, pero no he sufrido un dolor comparable a ese pinchazo de pena que te atraviesa cuando pierdes un perro.

Ya lo viví y lo sufrí con Reina, la madre de Milú en 2015, pero ahora este dolor ha regresado con la marcha de Milú, quizá algo mitigado por encontrarme lejos y no haber visto cómo sufría sus últimos días, y cómo iba perdiendo las fuerzas.

Me apena, y me avergüenza, porque no hice todo lo posible por estar ahí, cuando de haber sido al contrario, él habría cruzado cielo y tierra por estar a mi lado.

Es cierto que hay que amar a un perro para entender el vacío tan grande que dejan cuando se van, y quien no lo ha experimentado, jamás podrá comprenderlo. Un perro jamás va a dedicarte las sobras de su tiempo, o va a tener otras prioridades antes que tú, o va a estar demasiado ocupado como para no prestarte atención. Un perro te lo da todo, con una fidelidad y una lealtad inquebrantables, y por eso su pérdida resuena en ti durante años, y quizá sea un vacío que nunca se vaya del todo.

Eso es lo que me pasa con Milú. Todavía sigo en Madrid, y temo el momento en el que vaya a casa, y no esté allí para recibirme. Antes venía corriendo a la puerta al verme, pero en los últimos años ya no escuchaba nada y recuerdo llegar de Madrid y encontrarlo durmiendo en su cuna. Entonces, me acercaba despacio y lo acariciaba suavemente para que notara mi presencia. Al verme, enloquecía de contento y se ponía a saltar, y a ladrar entusiasmado de verme allí, con él. Esa cojera que arrastraba desde cachorro no le impedía celebrar conmigo que volvíamos a estar juntos. Porque un perro te lo perdona todo, porque aunque estés un mes sin ir a casa, cuando regresas él no entiende de rencores ni de enfados y te da todo su amor como si estuvieras con él cada día.

Siempre recordaré cómo llegaste a casa, el más pequeño de la camada de cuatro perritos que tuvo Reina. Decidimos que sería una crueldad privarte de ella, así que fuiste el escogido para quedarte con tu madre mientras viviera y para formar parte de nuestra familia, a la que aportaste tanto. Era el año 2005, 27 de agosto, y tanto mi hermana como yo estábamos aquella noche de verano fuera, durmiendo en casa de mi tío Vicen. Afortunadamente, mi padre estuvo ahí para asistir a Reina en el parto y ayudarte a llegar a este mundo. Me apena no haber estado ahí para verte llegar a este mundo, pero me destroza completamente el no haber estado el día que te despediste de él.

Has sido un perro curioso con todo lo que te rodeaba, alegre y juguetón. Tu delgadez te daba un aspecto delicado, y tu pequeño tamaño te ha convertido en nuestro eterno bebé hasta el final.

Con pocos años tuviste que enfrentarte a una operación delicada en el fémur que te dejó la cojera que siempre arrastraste, pero eso no te impidió vivir la vida con plenitud y con valentía.

Reina cuidaba de todos nosotros, y tú eras su sombra. La acompañabas a todos lados. Siempre has necesitado una madre tras cuyas faldas podrías refugiarte, y cuando faltó Reina, mi madre se convirtió en la de ambos.


La gente que llegaba a casa se sorprendía de lo bueno y cariñoso que eras. Tan dulce y tan delicado, que disfrutabas mucho la compañía y que te hicieran caso.

Has sido un perro buenísimo, y recuerdo divertido cómo te poníamos un pañal para evitar que te hicieras pis en casa, lo cual te daba todavía más aspecto de bebé. También recuerdo cómo aprovechabas la mínima ocasión para hacerte con la comida que caía de nuestra mesa, o para pedirla con tus ojos más adorables y tu aullido más melancólico. Eso hizo que papá te llamase de manera anectótica "Carpanta".


Me gustaba aprovechar cada vez que estaba en Alicante para llevarte a dar esos largos paseos que tanto te gustaban. Y a partir de 2016, con la fiebre de Pokémon Go, eran auténticas aventuras en las que me acompañabas durante horas, sin perder nunca el entusiasmo ni la energía.


Luego llegó Khaleesi a casa, y te distanciaste un poco de nosotros. De repente, eras el príncipe destronado. ¿Quién era esa chihuahua entrometida y alborotadora y quién se había creído para apartarte de ese modo? Te recluías lejos de nosotros, dolido por ese nuevo miembro que hacía todo lo posible por captar nuestra atención. Pero tú seguías siendo nuestro bebé, e íbamos a buscarte. Y yo me sentaba en el suelo, junto a tu rincón, para acariciarte y que vieras que para mí nadie podría reemplazarte nunca.


Siempre te gustaron los paseos en coche. Especialmente, sacar la cabeza por la ventanilla con la lengua fuera y sentir la libertad y la velocidad.


Fueron muchas las noches de estudio las que me acompañaste y, aunque yo estuviera con los libros, querías subirte en mi regazo y tumbarte conmigo. Esa es una costumbre que nunca perdiste, y que seguías haciendo incluso cuando trabajaba desde el ordenador, y te tumbabas sobre mi brazo o mi pecho. Y yo prefería trabajar el doble de lento usando solo una mano antes que bajarte al suelo y perderme ese privilegio de haberme elegido.

También recuerdo cómo siempre, en la cama o el sofá, cada vez que me tumbaba, tú querías acompañarme, colocando tu pequeño cuerpo en ese hueco que te dejaba entre el brazo y mi cuerpo. Te enroscabas de una manera adorable, y cabías en cualquier sitio. Y nunca olvidaré cómo reclamabas la atención con ligeros toques que dabas en nuestros pies con tu patita, de una manera delicada, como cada vez que íbamos al campo, donde preferías pasar el día en brazos antes que en el suelo.


Has sido un perro muy querido, Milú, y jamás te olvidaremos, igual que jamás olvidamos a Reina, por todo lo que nos habéis enseñado sobre el amor, sobre la bondad y sobre nosotros mismos. Ha sido todo un honor haber compartido vuestras vidas con nosotros, y espero que tengáis un agradable viaje, y que podamos volver a vernos algún día, de la manera que sea. Ahora has partido, amigo. Y Tintín deberá continuar sin su Milú. Te quiero, y siempre te querré.


viernes, 6 de marzo de 2020

No estáis solas



Muchos hombres son unos cerdos. Eso es así. Es una realidad con la que llevamos conviviendo mucho tiempo. El problema no es que solo sean unos cerdos, sino que además son unos violadores, unos maltratadores y unos asesinos.

Esta es una lucha con la que vosotras habéis tenido que lidiar durante toda vuestra existencia, y ahora, afortunadamente, la sociedad está despertando y viendo sus errores. La marea violeta avanza, limpiando a su paso las injusticias del machismo tradicional imperante. Nos hemos dado cuenta de que es una lacra social, un problema que nos afecta a todos. Y, a pesar de que vosotras sois las que tenéis más que decir, y debéis alzar la voz de una manera clara y contundente, os garantizo que no estáis solas en esta lucha.

Ha costado muchos años que la sociedad entienda lo que significa ser feminista. Es algo tan sencillo como defender la igualdad entre todos los géneros y en todos los ámbitos de la vida. En mi opinión, en 2020 cualquiera con dos dedos de frente debería considerarse feminista. De lo contrario, estás defendiendo un sistema podrido, injusto, sesgado y opresor.


Las injusticias han estado normalizadas en la sociedad muchísimo tiempo, y hasta que no llega un avance, la gente no es consciente de todas las barbaridades que han tenido que tragar. Me gustaría que las generaciones futuras cuando estudiasen esta época, se refirieran a ella con admiración, satisfechos de los avances que logramos; y no con desconcierto, preguntándose cómo pudimos consentir ese tipo de situaciones.


Mucha gente dirá que yo no tengo derecho a hablar de feminismo por mi condición de hombre cisgénero blanco heterosexual. Yo no he vivido en mis carnes lo que supone pertenecer a un colectivo ninguneado, pisoteado o marginado. Pero tengo mis convicciones y mis ideales. No soporto las injusticias y me enseñaron de pequeño a distinguir entre lo que está bien y lo que está mal. Tan simple como eso. La empatía me permite ponerme en la piel de todas esas mujeres oprimidas, del mismo modo que, sin tener hijos, puedo empatizar con una pareja que haya sentido el dolor de perder a un hijo.


Igualmente, no necesito ser un árbol para que me duela ver bosques quemarse, o no necesito ser un perro o un toro para sufrir con el maltrato animal. Es fácil no ver las injusticias cuando un sistema injusto te beneficia.


Además, tengo la suerte de tener a mi alrededor muchas mujeres fuertes a las que quiero, que me inspiran y que me empujan a desear un mundo mejor en el que puedan sentirse libres, realizadas y seguras; y a aportar mi granito de arena en esta lucha que, como digo, nos afecta a todos y a todas.

Por mi carácter y mi forma de ser, siempre me he entendido mejor con las mujeres, con quienes realmente podía abrirme y ser yo mismo. Las conversaciones con vosotras siempre han sido mucho más profundas, sinceras y enriquecedoras que la superficialidad con la que, en general, se tiende a hablar “entre tíos”. No me malinterpretéis, tengo un puñado de buenos amigos con los que también he podido compartir mis inquietudes y hablar con franqueza, pero suele ser más habitual encontrar la comprensión, la empatía y el consuelo en el colectivo femenino.

De hecho, diría que siento envidia de la unión que las mujeres tenéis entre vosotras. Esa conexión instantánea: la sororidad, esa palabra maravillosa que ha conseguido mover montañas. Entre los hombres no existe esa sensación de unidad ni de apoyo incondicional. En nuestros tiempos y en según qué ambientes, siguen burlándose de un hombre cada vez que muestra abiertamente sus sentimientos. En muchas y terribles ocasiones, yo, como hombre, no me siento representado por mi género.

El problema de estos hombres que impiden el avance de la sociedad, de estos cavernícolas sin neuronas, viene desde lejos. Es cierto que, en la vida adulta, y con su fuerza bruta, son capaces de cometer actos terribles. Pero son los mismos que ya desde pequeños se creían con derecho a burlarse de un niño porque llevara gafas o a ridiculizar a un alumno solo porque se supiera la lección. Por eso, la educación desde pequeños es tan importante. Para evitar que los abusones del colegio se conviertan en las bestias del mañana.

Lo triste es que, no contentos con eso, el machismo se ha ido abriendo paso en las posiciones más altas del poder y de los negocios, y costará mucho arrancarlo de raíz. Ahí tenemos los ejemplos de Harvey Weinstein y de Plácido Domingo, que, desde una situación de poder, intimidaban, acosaban y aterrorizaban a un montón de mujeres, convencidos de que su posición les brindaría inmunidad. Afortunadamente, el merecido escarnio público al que han sido sometidos disuadirá a más de uno con las mismas intenciones.


Odio cuando, después de destaparse algún caso de escándalo sexual, se culpabiliza a la víctima. Ni la ropa, ni la actitud, ni nada justifican que un hombre agreda sexualmente a una mujer. Es algo que no me entra en la cabeza.

Hay muchas cosas que debemos cambiar, y estoy convencido de que, con la ayuda de todos, el cambio llegará tarde o temprano, como los dichosos techos de cristal, la equiparación de los salarios, la seguridad femenina en las calles, el machismo en el sistema judicial, miles de micromachismos existentes o las retrógradas medidas que toman los partidos absolutistas. Muchos se amparan en la tradición. Defienden que hay cosas que se han hecho así durante años, y las tradiciones son sagradas. Pero, amigos míos, si algo nos ha enseñado la historia es que hay determinadas tradiciones que hay que erradicar. Debemos adaptarnos al signo de nuestros tiempos, o de lo contrario seguiríamos viviendo en cuevas.

Sigamos luchando. No estáis solas.



jueves, 5 de marzo de 2020

En Abril ya es primavera

Han pasado ya tres años desde que conocí a Abril, y no ha salido de mi cabeza desde entonces.

Aquel día, yo estaba caminando nervioso por los pasillos del hospital. Mi mujer estaba dando a luz. Éramos padres primerizos y, a los 28 años, uno nunca está del todo seguro sobre si estará a la altura ante las sorpresas que te presenta la vida. Tampoco habíamos querido saber el sexo del bebé para que todo fuera más especial.

En cuanto ella se puso de parto, me sacaron de allí para que no incordiara, y estuve una hora y media caminando agitadamente por las distintas plantas y pasillos del hospital, consciente de que mi vida estaba a punto de cambiar por completo en cuanto me convirtiera en padre. Decidí calmarme un poco y me senté en la primera hilera de sillas que vi. Estaba tan ensimismado que no sabía ni en qué sala estaba, hasta que una dulce voz me sacó de mis pensamientos:

― ¡Calixto, estás aquí!

Ahí estaba Abril. En cuanto la vi, se me encogió el corazón. Lo primero que distinguí fue un pañuelo rosa con flores blancas que cubría su cabecita calva. Bajo el pañuelo, una niña sonriente de unos ocho años me miraba con curiosidad a través de sus ojos marrones sin cejas.

― Perdona, ¿cómo dices? ―le dediqué una torpe sonrisa.

Ella señaló con su delgadísimo bracito un koala de peluche que había junto a mí.

― Te has sentado con Calixto. Le encanta hacer nuevos amigos.

Sonreí y me dirigí al koala con voz infantil:

― Hola, Calixto. Seguro que eres un koala muy “lixto”.

Era una broma muy tonta, pero ella se rio. Y lo hizo con la carcajada más pura e inocente que he escuchado nunca.

― Eres gracioso. Yo me llamo Abril ―dijo señalando el nombre que había cosido en su bata― ¿Por qué estabas triste?

Los niños siempre son muy directos. Su curiosidad no tiene límites y cuando superan la vergüenza, pueden preguntar cualquier cosa, aunque se metan en asuntos delicados. Aunque claro, yo no podía dejar de pensar en lo delicada que debía de ser la situación de la pequeña Abril. Me costó trabajo recordar la respuesta a la pregunta que me había formulado.

― Pues verás, Abril ―comencé―, mi mujer va a tener un bebé, y yo estoy muy nervioso porque no sé si voy a ser un buen papá.

A ella se le iluminaron los ojos cuando dije la palabra “bebé”

― ¡Qué buena noticia! ¡Seguro que sí! ―exclamó entusiasmada―. Además, tienes que estar contento, porque así tu bebé también lo estará. A mí me hace muy feliz que mis papás estén contentos, y si ellos están tristes, yo me pongo más triste y entonces creen que me curaré más despacio. ¡Y yo quiero ponerme buena!

Un nudo en mi garganta amenazaba con dejarme sin voz, pero conseguí soltar algunas palabras con un hilillo:

― Seguro que te curas muy pronto y podrás volver a casa con tus papás. Pareces una chica muy fuerte, Abril.

― Soy fuerte ―dijo orgullosa y animada―. La doctora Anabel dice que le estoy ganando la partida a la leucemia.

Entonces no pude contenerlo, y comencé a llorar. Ningún niño a una edad tan temprana debería conocer el significado de la palabra “leucemia”, y mucho menos, debería estar tan acostumbrado a pronunciarla. Me imaginé todas las pruebas a las que se había sometido la pequeña, a todo el dolor y a los sacrificios, y lloré como un niño pequeño.

Entonces sentí su manita en mi rodilla. La miré y ella me devolvió una mirada cargada de determinación con una fortaleza que jamás habría pensado encontrar en una niña tan pequeña.

― ¡No llores, tonto! ¡Si tu bebé te ve llorar, entonces él llorará más y la mamá tendrá que cuidar de los dos!

La enfermedad nos vuelve sabios. Jamás en mi vida me costó más esfuerzo esbozar una sonrisa, pero creo que lo hice de una manera más que digna, mientras me enjugaba las lágrimas:

― Cuéntame, Abril, ¿estás contenta aquí? ¿Tienes muchos amiguitos?

― ¡Sí! Y lo mejor es cuando nos traen perritos al hospital. Mi favorito es uno pequeñito y blanco que es muy simpático. Yo lo llamo Coco y él viene conmigo siempre. Solo los traen un día a la semana, y eso es un rollo. Pero mi mamá dice que cuando volvamos a casa, podremos tener a nuestro propio Coco.

Hablaba tan entusiasmada que me hizo reír a mí también. Me contaba lo mucho que le gustaban los animales, y que de mayor quería ser veterinaria, para poder cuidarlos a todos y para tener muchos en su casa.

Yo no podía dejar de pensar que aquella niña era una luchadora, y que había tenido que sufrir por problemas que los demás niños no podían siquiera concebir. Enfrentándose a la muerte y dispuesta a vencer a toda costa. La salud, al igual que la libertad, es una de esas cosas que solo valoramos cuando nos la arrebatan. Aquella pequeña era más inspiradora para mí y suponía un mayor ejemplo que cualquiera de los muchos libros de autoayuda que llenaban mis estanterías.

En ese momento, llegó mi hermano, sofocado y apurado:

― ¡Ah, estás aquí! ¡Acabas de ser padre! ¡Corre, ven a conocer a tu hija!

Mi hija… Así que era una niña. Todavía no podía creerlo. Miré a Abril para despedirme de ella:

― Bueno, pues parece que la pequeña ya está en el mundo. Voy a ir a conocerla ―le dediqué una sonrisa―. Prométeme que te vas a curar, ¿vale?

― Eso está chupado ―dijo, esbozando una sonrisa distraída, y siguió jugando con Calixto, con una inocencia natural que ni siquiera aquella terrible enfermedad había logrado arrebatarle.

Me despedí de ella y seguí a mi hermano hasta la habitación donde estaba mi encantadora y exhausta mujer, con nuestra pequeña en sus brazos.

― Cariño ―le dije― ¿qué te parece si la llamamos Abril?

viernes, 25 de octubre de 2019

Jeremy Irons no es quien crees en Watchmen

[Este post incluye SPOILERS de la serie y de la novela gráfica]


La serie Watchmen ya ha desatado todo tipo de teorías con sólo un episodio emitido (en el momento de escribir este texto). Está llamada a ser la sucesora moral de Juego de Tronos y es una de las grandes apuestas de HBO para esta temporada, junto con La materia oscura.

Es cierto que el material original del que partía, la novela gráfica de Alan Moore y Dave Gibbons, tenía (y sigue teniendo) una calidad incuestionable, pero eso no desmerece el nivel de la nueva ficción de Damon Lindelof, cuya trayectoria está dejando más amantes que detractores.

Una de las grandes incógnitas que ha sembrado la serie es la identidad del personaje que interpreta Jeremy Irons. Todas las pistas parecen apuntar a que se trata de Adrian Veidt, también conocido como Ozymandias, un personaje de gran peso durante la trama original. Sin embargo, creo que es un falso señuelo.


En mi opinión, el personaje al que da vida Jeremy Irons no es otro que el Doctor Manhattan. 

Puede parecer una locura, pero tengo varios argumentos que respaldan esta teoría, y creo que los showrunners han estado jugando con nosotros dejando pistas falsas para que pensáramos en Veidt y distraernos de la verdadera identidad del viejo. Todo un cuidado y orquestado juego de espejos. Expongo las razones a continuación.

Veidt ha muerto
Esta es la más evidente. Una frase que utilizaron como reclamo en los primeros tráilers y que nos han revelado ya en el primer episodio:"Adrian Veidt ha sido declarado oficialmente muerto". Es el hombre más inteligente del mundo, sí. Pero no es inmortal.

Han pasado 34 años desde los hechos acontecidos en la novela gráfica, y mil razones han podido acabar con su vida. Lo que todos sospechamos al leer estas palabras es que se trataba de un truco. Otra mentira para engañar a la unión pública, como ya hizo en 1985. Pero en esta ocasión, el periódico podría decir la verdad y mostrándola en el primerísimo episodio, jugando con nosotros y nuestra querencia al complot y a la conspiración. Recordemos la navaja de Ockham, amigos: En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable. Ergo, Adrian Veidt está muerto y no aparecerá en la serie. 

Un hombre desnudo
En una de las primeras escenas en las que nos presentan al personaje, lo vemos totalmente en cueros escribiendo a máquina, como si la desnudez no le provocase ningún tipo de pudor ni tuviera ninguna importancia. Está por encima de eso, como cierto personaje azul ya nos ha demostrado en la novela gráfica.

Además, recordemos que el doctor Manhattan puede cambiar su aspecto a voluntad, como cuando alteró la tonalidad de su azul al mostrarse en televisión. El verle aquí como un anciano puede significar dos cosas: Por una parte, ha envejecido, aunque a un ritmo más pausado que los humanos. Por otra, puede indicar que ha decidido adoptar ese aspecto concreto sin que signifique un envejecimiento en sus células, al igual que podría transformarse en una mujer afroamericana o en un bebé sonrosado.

El hijo del relojero
Al final de la escena revela que ha estado trabajando en una obra, llamada 'El hijo del relojero'. Se trata de una pista más sobre su verdadera identidad. Nadie mejor que él conoce su pasado y sus raíces, y quizá en esa obra narre la historia de su juventud y cómo sufrió el accidente con los campos electromagnéticos. Además, asigna dos papeles principales a sus sirvientes. ¿Interpretarán, quizás, a Janey Slater y Wally Weaver?



Un servicio inquietante

En un primer vistazo, todos nos dimos cuenta de que a esos sirvientes les faltaba un hervor. Ya fuera por las extrañas miradas y la inquietante sonrisa de ella, o por el detalle de que él le proporciona una herradura para cortar la tarta.
 

Sin embargo, ¿no os acordáis de cuáles fueron las últimas palabras que el Doctor Manhattan le dijo a Ozymandias antes de abandonar la Tierra?


Exacto. Dijo que había vuelto a ganar interés por la vida humana, justo antes de anunciar que iba a visitar otras galaxias y que quizás crease vida. Aquí tenemos el resultado. Criaturas creadas por el Doctor Manhattan a las que todavía les faltan unos retoques...

Posición de meditación
Es cierto que esta escena no ha ocurrido todavía, y la he cogido de uno de los tráilers, pero atentos a esta pose.


Una pose de meditación nada casual, y que recuerda inevitablemente a aquella que adoptó el otrora Jon Osterman en el planeta rojo, justo antes de construir su palacio de cristal.



Castillo en Marte
Finalmente, el argumento definitivo: El único momento del episodio en el que nos muestran sin duda al Doctor Manhattan, se encuentra en Marte, construyendo un castillo de arena, que, pocos segundos después, destruye. Atentos al detalle.


¿No os recuerda precisamente al castillo que nos muestran más adelante y donde vive con su servicio?



Creo que, después de estos argumentos, también vosotros habréis visto que tiene mucho sentido esta teoría. Es cierto que en el portal IMdB aparece que Jeremy Irons interpreta a Adrian Veidt/Ozymandias, pero no hay nada confirmado, y me parece que el portal de Internet lo ha dado por hecho, al igual que todos nosotros.
Por algo en el capítulo se han cubierto las espaldas no pronunciando en ningún momento el nombre del personaje.

Espero que este post os haya ayudado a abrir los ojos y a prestar atención a esos detalles, algunos pequeños y otros no tanto.

¿Qué pensáis vosotros? ¿Tenéis otra idea? Dejádmelo en los comentarios.


Recordad que también podéis seguirme en mi canal de YouTube, donde iré subiendo un vídeo semanal analizando lo ocurrido en cada episodio. Aquí os dejo el enlace al primero.


lunes, 21 de octubre de 2019

Una secta socialmente aceptada

Soy un extraño. Es así. Lo pienso siempre que me encuentro entre un grupo de gente de mi generación en algún ambiente festivo. ¿Por qué?, te preguntarás, querido lector. Muy sencillo: Porque no bebo alcohol.

Desde la más tierna adolescencia en la que los jovencitos y jovencitas comienzan a divertirse agrupándose y sin la presencia de sus padres, he notado esa anomalía en mí. Y sí, desgraciadamente, se trata de una anomalía que comparto con un porcentaje ínfimo de la población. La voluntariedad de esta decisión no quita lo anómalo. Sin embargo, la suerte me ha sonreído brindándome un grupo de amigos con los que comparto esta negación hacia las bebidas espirituosas.


Con los años, casi he ido adoptando el papel de un estudioso. El de un científico que observa el comportamiento humano en situaciones de celebración. No miento: Durante años me he sentido como un agente infiltrado dentro de los círculos de personas con los que, supuestamente, debía encajar.

Lo más gracioso de este procedimiento es observar las reacciones de aquellos que descubren por primera vez mi decisión. Su gesto va de la sorpresa a la incomprensión, y tratan de buscar un motivo médico, físico o genético que justifique mi decisión. Al no encontrarlo, la mayoría se proponen (con buena fe, imagino) emborracharme. "Pues conmigo vas a probar esto", "seguro que si insistes te gusta" o "eso es que todavía no has encontrado el alcohol ideal para ti".

Hay que entenderlos, claro. Su razonamiento es sencillo: ¿Por qué iba a renunciar nadie voluntariamente a la ingesta de alcohol?

Te desinhibe, te ayuda a socializar, convierte cada noche en algo más intenso, te vuelve más divertido... Esos son sus argumentos. Por lo que entiendo, no toman el alcohol como un fin en sí mismo, sino como un medio para hacer el momento más memorable.

Pues tengo una noticia para todos ellos: Yo no lo necesito. Tengo la suficiente capacidad y confianza en mí mismo como para poder ser divertido, hablador, elocuente o lo que yo elija siendo abstemio. Puedo bailar, cantar, reírme y pasarlo bien del mismo modo que todos los demás. Con el plus de que tengo el control absoluto sobre mi cuerpo, mis impulsos y mis recuerdos.

Porque, admitámoslo, es bastante triste que se hable en la edad adulta de lo que vomitaste el pasado sábado como si fuera algo habitual.

Otro de los argumentos estrella es "desde fuera no se ve igual". ¡Ah, ahora lo entiendo! Es como una secta. Un club donde debes renunciar a tu personalidad para formar parte de él. Si estás dentro, todo cambia. Por lo visto, perder la dignidad es algo divertido si lo haces en compañía de otros. Dejas de ser consciente de pronto de la imagen tan lamentable que muestras. 

Por eso, cuando estoy de noche con algún grupo en una celebración de cualquier tipo, intento disfrutar de mis acompañantes todo lo que puedo y con cierta urgencia, antes de que, poco a poco, vayan transformándose y perdiendo la cabeza. Es bastante evidente cómo se les nubla el juicio y cómo tratan de disimularlo torpemente. Pero no pueden ocultar esa mirada perdida, esas bocas entreabiertas e imposibles de cerrar que, como un niño de teta, buscan constantemente el jugo que los mantiene vivos. Agarran torpemente el vaso que, en muchas ocasiones, acaba estrellándose contra el sueño y haciéndose añicos. Intentas relacionarte con ellos pero sabes que no eres uno de los suyos. El alcohol, cuanto más los une entre ellos, más los separa de ti.

Y no hablemos de los rasgos más oscuros de la personalidad que saca el alcohol: las inseguridades, los celos, la agresividad, la depresión...

No es sano. Tampoco divertido, al contrario de lo que muchos defienden. Por eso, desde mi humilde punto de vista me pregunto quién en su sano juicio elige eso como medio de diversión semanal habitual.

Por otro lado, no hay nada más infame que las discotecas. Sitios ruidosos con música machacona y sin ningún tipo de estímulo intelectual que incita a los que la escuchan a aparearse como mandriles. Todos sabemos que hablar en una discoteca es absolutamente imposible y todos los elementos dentro del local están pensados para que dejes tu lado más racional en la puerta.

Además, no olvidemos la precariedad que impera en todos los trabajos. Los jóvenes vamos a tardar muchos más años que nuestros padres en lograr la estabilidad económica que consiguieron ellos cuando tenían nuestra edad. Por ello, se me ocurren mil sitios donde gastar el poco dinero que tenemos (o no gastarlo) antes que invertirlo en las caras entradas al local de moda o en el elevado precio del cóctel del momento.

Vivimos en una sociedad en la que soy yo el bicho raro si decido pedirme una botella de agua o un refresco en lugar de una bebida alcohólica. Una sociedad en la que no puedo pedir lo que me apetezca sin que mis motivos sean cuestionados o sin generar por lo menos una mirada de extrañeza.

Afortunadamente, sé que no estoy solo. Sé que hay más gente como yo que ni encajamos en los cánones de diversión actual, ni falta que nos hace. ¡Abstemios del mundo, uníos!

Porque sabemos que, objetivamente, es mucho mejor estar en un local tranquilo, hablando, divirtiéndonos y nutriéndonos con una buena conversación que nos enriquezca, que en una discoteca aburriéndonos como ostras. O quizá en alguna reunión en casa, jugando a distintos juegos en grupo, o haciendo cualquier otra cosa para disfrutar de la compañía de tus amigos en perfecto control de tus facultades físicas y mentales.

Con el tiempo, nuestras amistades irán madurando y relajando sus hábitos. Hasta entonces, seguiremos siendo esa aldea irreductible de galos, esa resistencia, ese grupo de insurrectos que nos negamos a bailar el son de la música que la sociedad se empeña en tocar.